Cuentos

La máquina

La máquina

El acero crujía en honra al martillo y las chispas desvanecían contra el suelo al caer desde lo alto; el vapor exhalado por  las maquinarias atestaba el hangar más importante de la República; aquél, creado para albergar tres dirigibles alineados. El escaso presupuesto había ya desolado la inmensa estructura hace años, ahora solo restaban unos cuantos hombres trabajando bajo el perverso calor de un día interminable. Pero las cosas no tardaron en cambiar. Caminando apresurado, un hombre dirigía su andar hacia la cabina del General, vestido de un pantalón de color vino y una oscura chaqueta abotonada en dos hileras. En su mano, una carpeta; dejó caerla sobre el escritorio del militar.


-El consejo ha rechazado su proyecto varias veces- indicó el superior, descifrando el contenido de la carpeta -¿Qué le hace pensar que esta pobre ciudad pondrá dinero en semejante proyecto?


-Mis esperanzas yacen volcadas sobre usted, sé que es un hombre inteligente, y sabe muy bien que esta eterna guerrilla se ha convertido en un alzamiento en contra de nuestra capital, estoy decidido en emprender este proyecto de una u otra forma.


El General ojeó el archivo un par de veces, demostrando plena seriedad y compromiso, levantó el teléfono y llamó a ingeniería.


-Sí, dígale que venga… a mi oficina- cortó la llamada -Marconi, ¿no?- dijo leyendo la carátula del informe.


-Alejandro Marconi, ingeniero mecánico y electrónico, para servirle- contestó entusiasmado, poco tiempo antes que su sonrisa fuese allanada por la presencia del jefe de ingeniería, un hombre alto, delgado y de una nariz respingada, entraba acompañado de una enorme arrogancia.


-Vladimir ¿qué tienes para mí?


 -Este joven a su izquierda me ha presentado una ambiciosa invención. Puede que no entienda mucho de todo esto, pero aun así comprendo que si la ganancia no es la victoria, el sacrificio es fútil. ¿Es este proyecto factible?- le preguntó al jefe.


-En efecto, sí- contestó titubeante, su envidia viajaba a través de sus ojos, culminando en Alejandro.


-Explíqueme por qué entonces el consejo ha rechazado tantas veces la creación de este artefacto.


-La tecnología existente no es apta para su desarrollo.


-¿Es posible tenerla en… cinco años?


-No, digo… sí- corrigió recordando la insólita habilidad del General para leer la mente.


-¿Qué hace ahí parado? Conceda los preparativos, yo le aseguraré el presupuesto adecuado. Alejandro, queda en usted la supervisión del proyecto al mando de Giacomo. Pueden retirarse.

Aquél escuálido hombre recuperó su egocentrismo, sonrió y se retiró sabiendo que ahora en adelante el proyecto de Alejandro sería suyo.

 


La forja


Una inmensa barcaza de transporte asentaba sobre el asfalto los prolongados sacos de hidrógeno como un patín de aterrizaje. Cargada de abundantes vigas de acero; esta no había sido la única en llegar, durante meses cientos de barcazas arribaron al hangar, transportando el material requerido para las modificaciones del mismo. La vida había echado anclas una vez más para la construcción de una colosal máquina de guerra. 


Alejandro oteaba los planos de la bestia sujetos en la pared, aún sin saberlo, pensaba que el diseño eludía un concepto más allá de lo conocido, desde lo más profundo del  subconsciente le era barrenado el juicio con la idea de lo erróneo. Las pisadas de un hombre sobre la herrumbrosa y oxidada escalera  rompieron su concentración.


-Ahí estás- dijo Vladimir antes de pisar el último escalón -¿Ya pensaste algún nombre?


-No- respondió fríamente, alejando el interés del General hacia otra parte.


Alejandro perpetuaba su mirada en las miles de piezas que conformaban la bestia, las junturas articuladas, el casco de cerámica, el cableado eléctrico y todo aquello que concernía a su correcto funcionamiento; pero al final, notó que a pesar de los tanques de hidrógeno y a la repulsión magnética emitida del casco, el dirigible no podría nunca mantenerse en posición, ni jamás regresar al hangar sin que este lo demoliera al descender torpemente. Pero hubo algo que le desconcertó aún más.


-El dirigible no puede maniobrarse de forma manual- dijo Marconi entrando a la junta de ingenieros –las variables de viento y presión atmosférica son infinitas, el comportamiento articulado debe responder a tales variaciones…


-¿Y qué propone para solucionarlo?- inquirió el jefe al fondo de la mesa.


- Un monitor que coordine todas sus partes- a lo que los presentes respondieron con una mirada absorta.


-¿Piensa instalar un cerebro artificial dentro de una máquina de guerra con el riesgo que esta pueda elegir propias decisiones?


-Ese es el punto, hay decisiones que un ser humano no puede tomar sobre la máquina.


-No me haga reír Marconi, ¿acaso cree superior un cerebro de hojalata al de un oficial de la flota como para su remplazo?, en ese caso prefiero que lo maneje el guardia que cuida la puerta de mi oficina o, mejor aún ¿por qué no ponemos a un mono del zoológico?- la junta aflojó su seriedad en una carcajada.


-Si no hace lo que digo el personal caerá al vacío junto con la nave- respondió Marconi enfurecido antes de retirarse.


 

El prototipo


Sin parentesco con un dirigible,  semejante a un gusano cuyos órganos podían distinguirse a través de un esqueleto incompleto, alardeaba a lo largo del hangar aquella colosal nave. Su cabeza, el segmento articulado de mayor tamaño, estaba siendo cubierto por  una oscura lámina convexa hecha de cerámica y metales diversos.


Alejandro supervisaba el interior sin asistencia, anotando las modificaciones requeridas para la ruin proeza del jefe de ingeniería. Sin encontrar errores, caminó hacia el puente: una amplia sala semicircular elevada cinco escalones, con varios paneles de cristal acomodados en el arco de la misma, y por detrás, un plomizo paredón con un prolongado ventanal que orientaba la vista hacia los hangares. Aún faltaban meses para la finalización del dirigible, pero todo parecía estar en orden para Alejandro, ya nada podría hacer él para salvar a la tripulación de un posible accidente. Se recostó en el sillón del Capitán, cerrando los ojos y cubriendo el rostro con su mano. De ahora en adelante todo el tiempo de construcción restante sería suyo, como así también el laboratorio. Abrió los ojos, sonrió ligeramente y corrió ansioso por los pasillos incompletos de la bestia.

Divarion


En penumbras, solo alumbraban los dispersos monitores y las chispas de los cables que plagaban el suelo. Máquinas por doquier, con diversas tareas y solo un hombre en la habitación que ordenaba los resultados a espaldas de aquellos que menospreciaron su trabajo.


-¿Alejandro? ¿Es usted?- tímidamente, y de forma pausada, una voz inocente reverberaba a través de las máquinas.


-Sí, soy yo, estoy por adicionarte nuevos núcleos de memoria.


-Me había asustado.


-Sabes que nadie más puede entrar aquí, no dejaría que te llevasen nunca.


-Admiro mucho su pasión por el trabajo.


-Esto no es trabajo- respondió mientras extraía de una máquina un núcleo de memoria vacío -es dar a luz un individuo como cualquier otro.


-¿Soy como usted? Todo es muy confuso para mí.


-Por supuesto, tienes mi mente, mi forma de pensar y de ver la vida, pero superas el intelecto de cualquier hombre.


-Han pasado setenta y cuatro horas desde mi nacimiento y no me ha dicho para qué he sido creado ¿Podría saberlo ahora?


-Creo que ahora sí puedes comprenderlo: he diseñado un cuerpo capaz de hacer muchas cosas, entre ellas: ayudarnos a terminar una guerra, pero ese cuerpo no puede moverse por sí mismo, y es por ello que te he creado.


-¿Y cómo es, qué hace ese cuerpo?


-Es inmenso, es como una sierpe gigante, con él defenderás nuestros ideales, conquistarás los cielos… Podrás volar; ya casi está finalizado, pero si no termino antes contigo puede que lo enciendan sin ti.


-¿Sin mí? ¿Por qué harían eso?


-Porque te tienen miedo y no confían en ti.


-Alejandro, ¿ese cuerpo tiene un nombre?


-Aún no lo tiene y es lo que menos me interesa, sabes que soy malo para eso- dijo mientras le conectaba el núcleo.


-¿Puedo ponerle uno?


-Claro- respondió sorprendido.


-Divarion.

 


Hombre y máquina


La sirena resplandecía en todas direcciones, su estruendo llegaba a los oídos de todo el personal; que apresurados despejaban la pista, atentos a toda orden procedente de los parlantes.

Pero un hombre corría por los pasillos internos del hangar, el metálico golpeteo de su agitado andar le conducía hacia la bahía de aterrizaje. Miró a lo alto, miró a la máquina, y en sus manos: una pesada caja, dentro de ella: el cerebro de Divarion.

Los motores de la bestia encendieron, el casco se arraigaba al hangar mediante enormes relámpagos. Como una serpiente, deslizó su cuerpo con rapidez hasta el final y  por primera ocasión sintió el roce contra el viento.


-Aquí el Capitán Bertolucci, todo se encuentra en orden- sonó la voz reproducida en los parlantes del hangar. Todos aplaudieron, pero solo uno aplacaba sus nervios.


-Los movimientos para mantener este dirigible en el aire son bastante complejos- volvió a transmitir


–Parece imposible estabilizar la nave, intentaré aterrizar.


La gente observó a través de la boca del hangar, casi imperceptible, cómo una ráfaga de viento acerada lo surcó de un lado a otro. La nave ahora se alejaba para realizar la maniobra, pero esta ya estaba muy herida en su interior. Las ínfimas piezas que entrañaban la bestia colapsaron por el maltrato producto de tales desmesuradas maniobras, acarreando a la tripulación al abismo.


-¡Se los dije! Miles de veces ¡Se los dije!- gritaba en su laboratorio.


-Alejandro, ¿esa gente ha muerto?


-Sí, han muerto.


-¿Es por mi culpa? ¿Porque no estaba listo?


Alejandro recostó su cuerpo sobre la consola que reproducía las voces de su creación. -Es la mía, solo mía…


-¿Qué sucederá ahora?


Tras la puerta, el General retiró su presencia al terminar el espionaje.

 


De las cenizas…


La verdad había sido ocultada, las ansias de la República engendraron una nueva máquina, pero ahora con nuevas mejoras.


Las canas ya cubrían el magro cabello del inventor. Situaba cuidadosamente el conexionado de los paneles del puente, miró a su derecha y avistó una enorme caja metálica.


-¿Estás listo Divarion?


-Sí- contestó con seguridad.


Encendió los sistemas, ahora estos conectados al cerebro artificial.


-¿Sientes algo?


-¿Qué es todo esto? ¿Puedo ver?


-Estás conectado con las 135 cámaras que habitan tu cuerpo.


-Siento algo extraño.


-Ha de ser la señal de los diversos sensores que posees, intenta no moverte mucho.


-No estoy seguro si me estoy moviendo o no.


-Observa por las cámaras… ¿Divarion? ¿Quieres que te saque?


-No, permítame acostumbrarme- respondió emocionado.


-Perfecto, vendré a la noche para revisar tu estado, no te exijas demasiado ni intentes nada aún, si todo sale bien le diré al General que se hagan las pruebas en veinte tres horas. Antes de eso vendrá gente a armar tus cañones, así que no te asustes.


Las nubes pintaron de sombras la ciudad. Todo el personal descansaba de un arduo día de trabajo, dejando al hangar en desoladas penumbras. Aunque una silueta marcaba fuertes pasos hacia la pista, ingresando a las entrañas de Divarion.


-Alejandro ¿es usted?- dijo la máquina -Es genial estar aquí, me siento tan… Usted no es Alejandro, ¿qué hace?- dijo mientras la silueta manipulaba los núcleos de memoria, sin responder a sus palabras.


-¿Qué hace usted? no tiene permiso para estar aquí- dijo Alejandro al entrar.


Las luces encendieron, y una pistola apuntaba ya al corazón de Alejandro, quien aún adaptaba sus ojos a la luz. La silueta podía distinguirse ahora como una mujer de cabello castaño y largo.


-Alejandro, me hicieron algo, no puedo...- la máquina interrumpió sus últimas temerosas palabras.

Marconi observó los ojos de la mujer sin reconocer el arma que le apuntaba ni  los temblores de Divarion que crujía ante la agonía.


-¡Tú!- reconoció aquel rostro que sin manifestar una sola mueca, disparó fríamente contra el ingeniero, empujándole tras la ventana y haciendo caer su cadáver a la pista.

La bestia partió, colapsando el hangar a su torpe serpenteo, para luego nunca volver jamás.

 

 

Eric J. Lagarrigue

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